Cada nueva jordada laboral es una invitación a comenzar de nuevo, a ofrecer el trabajo que nos espera como una ofrenda viva a Dios.
No se trata solo de decir unas palabras de oración antes de salir de casa; se trata de convertir toda la jornada en un acto de amor y adoración, donde cada tarea, cada dificultad y cada encuentro humano sean lugar de encuentro con Él.
San Josemaría Escrivá de Balaguer, uno de los santos que más profundamente reflexionó sobre el valor santificador del trabajo, recordaba: “Trabajar así es oración” ( Es Cristo que pasa , n. 10).
Y añadía: “Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo” ( Camino , n. 359).
En esas pocas palabras se encierra una revolución espiritual: el acto humano más diario, el trabajo, puede ser convertido en oración si está unido a Jesucristo.
Ofrecer el día: un gesto que transforma
El ofrecimiento de obras es una antigua práctica cristiana que consiste en entregar a Dios, al empezar el día, todo lo que se va a vivir. “Todos mis pensamientos, todas mis palabras y las obras todas de este día, te las ofrezco, Señor, y mi vida entera, por amor”.
Esta oración, repetida por santos como el propio San Josemaría, nos coloca en la actitud correcta al despertar: todo pertenece a Dios, incluso las acciones más rutinarias.
El Papa Francisco también recordaba que “el trabajo es la primera vocación del hombre” y que mediante él “participamos en la creación de Dios”.
No se trata solo de ganarse el pan, sino de colaborar con el Creador en la redención del mundo, poniendo amor en cada acto.
En cada jornada, el cristiano está llamado a renovar su sí, su servicio.
Santificar el trabajo cotidiano
Santificar el trabajo significa trabajar bien y con amor. “No se puede santificar un trabajo que humanamente sea una chapuza, porque no debemos ofrecer a Dios tareas mal hechas” ( Surco , n. 493).
Como afirmaba San Josemaría: “Para ofrecer a Dios durante el día tu trabajo profesional, de modo que a Él le agrade, lo harás cada día mejor: con más rectitud, con más competencia, con más amor”.
La excelencia humana, entonces, no es vanidad, sino una forma concreta de amar y glorificar a Dios.

Ofrecer el trabajo no consiste en multiplicar oraciones, sino en hacer las cosas con rectitud de intención.
El sastre que cose con esmero, la madre que prepara la comida con cariño, el maestro que enseña con paciencia: todos ellos pueden, si lo hacen por amor a Dios y al prójimo, convertir su jornada en una liturgia silenciosa. “El cristiano comienza su jornada, sus oraciones y sus con la señal de la cruz […] consagra la jornada a la gloria acciones de Dios”.
En esa consagración, todo lo humano se vuelve divino.
La presencia de Dios en lo cotidiano
Para ofrecer la jornada es necesario vivir en presencia de Dios. “Convertir el trabajo en oración” —decía San Josemaría— “es convertir el trabajo en un diálogo de amor” ( Amigos de Dios , n. 67).
Esto se consigue con breves actos interiores: una jaculatoria, una mirada al crucifijo, una intención recta antes de iniciar una tarea.
No se trata de añadir “cosas religiosas” al trabajo, sino de hacerlo con Dios y para Dios.
Como enseñaba San Juan Pablo II en Laborem exercens , el trabajo es “participación activa en la obra redentora de Cristo”.
Cada sacrificio escondido —el cansancio, la monotonía, la obediencia a lo justo— es “materia de redención”.
Siguiendo el espíritu de los santos modernos, se podría decir que el taller, la oficina o el aula pueden llegar a ser un altar.
Ofrecer también al terminar el día
Así como el cristiano ofrece su jornada al iniciar el día, también al caer la tarde eleva una acción de gracias.
“Mientras me visto, mientras me afeito –no hay nadie más que mi Dios–, rezo en voz alta: ‘Oh, Señora mía, oh Madre mía, yo me ofrezco enteramente a vos…’”.
Esta espiritualidad sencilla, repetida a diario, moldea el alma y la dispone a vivir en constante unión con Dios.
Vivir la fe en lo cotidiano significa aprender a encontrar a Cristo en medio del ruido y del deber, en el éxito y en el cansancio.
Como enseñó al Papa Francisco, “la santidad es el rostro más bello de la Iglesia” ( Gaudete et Exsultate , n. 9), y esa santidad comienza en los gestos más discretos.
Ofrecer la jornada laboral es, en definitiva, empezar el día declarando que toda acción, si está unida a Cristo, puede ser redentora.
Que cada amanecer nos encuentre diciéndole al Señor con espíritu confiado: “Todo es tuyo, Señor; recibe el trabajo de mis manos y glorifica tu nombre en mi jornada”.
Entonces, también las horas de esfuerzo se transformarán en oración, y la oficina, el hogar o el taller se volverán un lugar sagrado donde Dios habita silenciosamente entre el ruido del mundo.








