La humildad en la Oración, es la llave para abrir las puertas del Cielo, el alma misma de toda súplica auténtica.
Jesús lo enseñó con la claridad diáfana de una parábola: “Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro publicano… Les digo que éste bajó a su casa justificado antes que el otro; porque todo el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será enaltecido” (Lucas 18, 10-14).
En este pasaje, Cristo revela que la verdadera oración nace del reconocimiento de la propia miseria ante la grandeza divina.
No solamente importan las obras que se hagan, sino la humildad y la sinceridad del corazón arrepentido lo que mueve al Señor.
El fariseo y el publicano: dos caminos opuestos
El fariseo representaba la oración del orgullo: cumplía la ley, ayunaba, daba el diezmo, pero su plegaria estaba centrada en sí mismo. “Se complacía en sí mismo; por esto fue justificado aquel que oraba con humildad, y que, no habiendo puesto su esperanza de salvación en la seguridad de su inocencia, oró confesando sus pecados” —explica San Cipriano de Cartago.
La justicia propia, dice el santo, ciega el alma y hace que el hombre olvide que todo bien proviene de Dios.
En cambio, el publicano, conocedor de su pecado, no se atreve ni siquiera a levantar los ojos al cielo y repite: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!”
Esa sola frase contiene el secreto de la oración que salva: humildad y verdad.
San Agustín, comentando esta parábola, enseña: “El publicano bajó justificado, porque se confesó pecador; el fariseo fue reprobado, porque se alabó a sí mismo.
El uno se humilla y es exaltado; el otro se ensalza y es humillado”.
Para el Doctor de la Gracia, el publicano obtuvo de Dios aquello que el fariseo creyó no necesitar: el perdón.
Reconocer el propio pecado —dice San Agustín— es ya comenzar a recibir misericordia, porque “si confiesas tu miseria, Dios te da la grandeza; si te haces pequeño, Él te levanta”.
La humildad como verdad del alma
Quien ora, debe imitar al publicano”, continúa San Cipriano. “No oró con los ojos erguidos, ni las manos desvergonzadamente levantadas, sino golpeándose el pecho y confesando los pecados ocultos”.
Ese gesto —golpearse el pecho— es figura de quien acusa su propio corazón ante Dios.
El lugar de la oración no es la altura del mérito, sino la hondura del arrepentimiento. “El Señor es sublime, pero se fija en el humilde”, recuerda el santo, citando el Salmo 137,6.
Santo Tomás de Aquino, en su Comentario al Evangelio de San Lucas , dice que “la gracia divina entra sólo en la vasija vacía del corazón humilde”, pues “Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes” (Santiago 4,6).
Por eso, para el Aquinate la oración de quien se cree justo es estéril; en cambio, la súplica del pecador arrepentido es fecunda, porque consiste en abandonarse a la misericordia, algo clave en la espiritualidad.
La escuela de humildad del publicano
El publicano enseña a rezar desde la verdad. No se excusa, no se compara, no argumenta méritos. Su oración es breve, sincera y confiada.
San Juan Crisóstomo lo explica con fuerza: “El fariseo se hizo juez de sí mismo alabándose; el publicano fue su propio acusador. Aquél se apartó de Dios sin saberlo; éste lo encontró sin esperarlo”.
La humildad, continúa diciendo el santo, no consiste en despreciarse falsamente, sino en reconocerse tal cual uno es ante Dios. “La humildad —dice— es la madre de la salvación, porque hace posible que la gracia encuentre dónde reposar”.
De este modo, la oración del publicano se convierte en escuela de santidad.
San Beda el Venerable señala: “Quien se reconoce indigno de levantar los ojos al cielo, obtiene el favor de ser mirado por Dios. El que se sitúa lejos, se acerca más al Señor” (Homilía sobre el Evangelio).
Estas palabras describen el milagro de la humildad: cuanto más pequeño se hace el hombre ante Dios, más cerca está de Él.
La humildad abre las puertas del cielo
Cristo no sólo exalta la humildad en esta parábola, sino que la establece como condición indispensable para entrar en el Reino. “Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mateo 5,3).
En la lógica del Evangelio, el alma humilde es la más grande, porque todo lo recibe y nada presume.
San Francisco de Asís decía: “El hombre no vale más ante Dios que lo que vale ante Él en verdad”. Esa verdad es la misma que expresó el publicano: conocer y aceptar la propia pequeña sin desesperar.
Por el contrario, el alma orgullosa ora como el fariseo, creyendo tener algo que ofrecer a Dios. Pero solo la humildad hace posible la comunión: “Dios no escucha al que se gloria a sí mismo, sino al que se acusa con sinceridad”, enseña San Jerónimo
El humilde, al reconocerse dependiente de la gracia, no pide con exigencia, sino como quien confía en un Padre justo y bueno. Jesús promete que “el que se humilla será enaltecido”.
En esa sentencia final se encierra la teología completa de la oración: la elevación de la criatura comienza donde se termina el orgullo humano.
Las súplicas más puras, las que llegan al trono de Dios, son las pronunciadas con las mismas palabras del publicano, con el corazón contrito y los ojos humillados.
Quien ora así, con verdad y sencillez, ya ha comenzado a vivir el cielo en la tierra, pues el alma humilde siempre encuentra abierta la puerta de la misericordia divina.








